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El caso Sindona. Los escándalos del Vaticano. Iglesia, política y Cosa Nostra
Escrito por El Consigliere   
Se trata de un tema muy extenso y a la vez complejo. Un negocio cuyo corazón estaba constituido por el tráfico de drogas y armas principalmente, no podía prescindir de unas conexiones adecuadas destinadas a blanquear el dinero procedente de tales actividades. Os recomiendo que, a pesar de la extensión, sigáis leyendo, ya que aquí se mezcla mafia, servicios secretos, la Iglesia y la política. Probablemente la historia os recuerde a muchas de las escenas de El Padrino III.

Michele SindonaMichele Sindona representa el ejemplo más alto de la internacionalización de los poderes mafiosos en el marco occidental que supo aprovechar durante años las alarmas y las consiguientes oportunidades de la Guerra Fría.

En Sindona se evidencia cómo la masonería se convirtió en un componente esencial de la mafia. No es casual que las actividades de Sindona dieran como fruto, con las de la logia masónica P2 de Licio Gelli, la existencia de un partido en la sombra de la CIA en Italia, una organización tan especulativa y funcional s los intereses de una amplia red de personajes a la caza del poder.

Tanto para Sindona como para Gelli, el mejor recurso a su disposición era el comunismo, en el sentido de que la lucha contra éste constituía la coartada de sus empresas, incluidas las de carácter criminal, y en el fundamento de las complicidades de las que pudieron disfrutar en Italia, a los niveles del enorme poder ejemplificado sobre todo por Giulio Andreotti, llegando incluso a los más exclusivos círculos de la administración norteamericana.

Sindona manejaba ingentes flujos de dinero sucio que culminaba en el control de grandes sociedades financieras (bancos, empresas) como la Banca Vaticana, Banca Unione, Banco Di Roma-Nassau, Bank of America y el Banco Ambrosiano de Milán.

Sindona había ascendido gracias a su capacidad masonicomafiosa de Sicilia a Milán y de Milán al mundo. En Italia, el mérito de Sindona fue financiar a la Democracia Cristiana con dinero de dudosa procedencia. Andreotti le había llamado incluso “el salvador de la lira”. El mismo Andreotti habría recomendado a Sindona a personalidades de la economía y política de Estados Unidos como Rockefeller.

Pero el nombre de Sindona comenzó a circular con demasiada frecuencia asociado con asuntos turbios, algo que no convenía a la particular naturaleza de sus negocios. Además, comenzaba a tener problemas con sus propios bancos. El dinero, fuera del entorno de las instituciones financieras nacionales, ni se crea ni se destruye, simplemente cambia de mano. Así pues, sí durante bastante tiempo Michele Sindona se dedicó a especular con sus propios bancos, la consecuencia no podía ser otra que la aparición de importantes agujeros económicos.

Cuando el desfalco es pequeño basta con unas pocas artimañas y una contabilidad creativa para disimularlo. Pero si el expolio continúa, el déficit se hará cada vez mayor y más difícil será de ocultar. El 1973 Sindona tenía gravísimos problemas económicos en sus dos principales bancos, Banca Unione y la Banca Privata Finanziaria. ¿Qué hacer? Intentó una audaz huida hacia adelante al fusionar ambos en uno nuevo: la Banca Privata. Sin embargo, el sentido común estaba en su contra. Si juntamos dos agujeros grandes, lo que obtenemos es uno enorme. En julio de 1974 el nuevo banco tenía un impresionante déficit de 200.000 millones de liras.

Un mes después, en agosto de 1974, prácticamente todo el mundo comenzó a tener claro que el imperio de Sindona se tambaleaba y se plantearon las primeras medidas desesperadas. En Italia, el Banco de Roma, habiendo recibido como garantía una gran parte de las propiedades de Sindona, colocó entre 128 y 200 millones de dólares en la Banca Privata intentando tapar la crisis. En Estados Unidos, temiendo que el desmoronamiento de las inversiones del banquero italiano en ese país, y muy concretamente una eventual quiebra del Franklin National Bank, pudiera desencadenar un efecto dominó de resultados imprevisibles, el gobierno concedió al banco de Sindona un acceso ilimitado a los recursos federales.

De hecho, los otros bancos del país empezaron a mostrar reticencias a la hora de operar con el Franklin National Bank, donde también había aparecido un enorme déficit fruto de las retiradas de fondos irregulares que periódicamente realizaba Sindona, que en apenas dos años se las ingenió para aligerar las arcas de la institución. El Franklin National Bank, el decimoctavo entre los principales bancos de la nación, con unos activos de más de tres mil millones de dólares, se vio súbitamente reforzado con más de dos mil millones de dólares procedentes de la Reserva Federal estadounidense.

Sin embargo, todos estos esfuerzos resultaron inútiles, el dinero no fue suficiente para salvar al agonizante banco, y en septiembre de ese mismo año, apenas tres meses después de su creación, la Banca Privata estaba al borde de la quiebra. Las pérdidas estimadas alcanzaban los trescientos millones de dólares, incluidos los 27 millones de dólares que constituían la participación del Vaticano en el Banco, según la Santa Sede. El propio Banco de Roma a punto estuvo de desaparecer como consecuencia del hundimiento del banco de Sindona.

El 3 de octubre los acontecimientos se precipitaron. Licio Gelli fue informado por miembros de la P2 infiltrados en la policía y la magistratura de que Sindona sería detenido al día siguiente. Gelli, haciendo bueno el juramento de fidelidad de los miembros de la logia, avisó a Sindona de la situación:  Huye a algún sitio donde no puedan extraditarte. Si no lo haces, nuestros enemigos te torturarán. Puede que incluso te maten [...]. Todo esto es muy peligroso, Michele. Las cosas han cambiado. Quizá, si escapas, dentro de un tiempo pueda utilizar mi poder para ayudarte. Si no, si eres capturado, ya sabes lo que tienes que hacer.

 

Licio Gelli, Roberto Calvi, Michele Sindona y el arzobispo Paul Marcinkus

 

Sí, Sindona sabía lo que tenía que hacer. Tras preparar apresuradamente la maleta se metió en el bolsillo de la chaqueta cuatro frascos de digitalina, un medicamento recomendado para ciertas afecciones cardíacas que tomado en la dosis adecuada resulta ser un veneno de altísima eficacia: provoca arritmia, fibrilación ventricular y, finalmente, la muerte. Lo que llevaba Sindona encima equivalía a cien veces la dosis que prescribiría un médico. Llegado el momento, Sindona no dudaría en usar el veneno. Su imperio financiero había desaparecido, su credibilidad y prestigio estaban arruinados, todo lo cual había contribuido a que la estabilidad emocional de Sindona no atravesara por sus mejores momentos.

Tal como avisaron los informantes de Gelli, al día siguiente se emitieron dos órdenes de detención contra Sindona, una por malversación de fondos y otra por quiebra fraudulenta. Sin embargo, ya era demasiado tarde, Sindona había huido del país.

El 8 de octubre los peores temores de las autoridades económicas estadounidenses se hicieron realidad: el Franklin National Bank se desmoronó. Las pérdidas de la Cámara Federal de Garantía de Depósitos se elevaban a más de dos mil millones de dólares. Michele Sindona podía anotarse un nuevo registro, el de la mayor quiebra bancaria de la historia estadounidense.

Cuando las autoridades pudieron acceder a los libros del banco descubrieron que lo más granado del crimen organizado de Estados Unidos mantenía sus cuentas allí. Es más, certificaron que el día antes de la quiebra Sindona se había llevado 45 millones de dólares. (El Vaticano perdió 55 millones tras el derrumbamiento del Franklin National Bank)

La economía estadounidense entró en una crisis bancaria —inédita desde los tiempos de la gran depresión— que obligó a modificar la legislación y los mecanismos de control financieros del país. Una docena de empleados del banco fueron a la cárcel acusados de diversos cargos, entre ellos el de modificar la contabilidad y los archivos.

Desde esa fecha hasta enero de 1975, el mundo financiero europeo se vio sacudido por las sucesivas quiebras de los bancos de Sindona. Uno a uno fueron cayendo el Bankhaus Wolff AG, de Hamburgo, el Bankhaus I.K. Herstatt, de Colonia, el Amincor Bank, de Zúrich y el Finabank, de Ginebra. Contando tan sólo este último, expertos independientes suizos estimaron que el Vaticano había sufrido un quebranto económico de 240 millones de dólares. La prensa italiana no tardó en bautizar este desastre como Il crack Sindona. 

A pesar del control que P2 ejercía sobre grandes sectores de la política italiana, las autoridades estaban sumamente inquietas. Parecía poco probable que Sindona regresara a Italia por propia voluntad para responder por lo sucedido, así que se inició una larga batalla para conseguir su extradición. Esta vez Sindona no iba a contar con la ayuda del Vaticano, que se sentía cada vez más defraudado con su antiguo banquero y hombre de confianza.

Pablo VI estaba consternado con las noticias que le transmitía el cardenal Villot, que le mantenía al corriente de cuanto sucedía. Con cada nueva quiebra, el Vaticano perdía una fortuna. (Se estima que las pérdidas reales de la Santa Sede podrían rondar los mil millones de dólares). Sindona les había fallado, o peor aún, les había traicionado.

Quien más sintió aquella delación fue Pablo VI, que en su momento depositó su confianza en el banquero. Los que habían aconsejado al pontífice que tomara esa decisión, como su secretario personal, monseñor Pasquale Macchi, el cardenal Sergio Guerri, Benedetto Argentieri, el propio cardenal Villot o Umberto Ortolani, miraban ahora a otro lado. (Una vez fallecido el pontífice, divulgarían la historia de que éste se había basado tan sólo en su amistad personal a la hora de poner a Sindona al frente de las finanzas vaticanas.)

El financiero se convirtió en el virtual dueño de los negocios de la Santa Sede y ni el papa ni sus asesores se preocuparon de tomar las más elementales precauciones. Eso sin contar con que dentro de los muros del Vaticano a Sindona no le faltaron cómplices deseosos de participar en sus actividades delictivas, como quedó demostrado con el caso de los bonos falsos.

No obstante, quien se llevó la peor parte fue el arzobispo Paul Marcinkus. Si el interrogatorio del FBI ya le pareció una indigni dad en su día, ahora tenía que enfrentarse a diario con las autori dades italianas, deseosas de conocerlo todo sobre sus relaciones personales y económicas con Sindona. Recordemos que a los agentes del FBI les había dicho que él y Sindona eran «buenos amigos». Pues bien, dos años después, el 20 de febrero de 1975, Marcinkus concedía una entrevista a la revista italiana Uespresso en la que afirmaba:

"La verdad es que ni siquiera conozco a Sindona. ¿Cómo podría entonces haber perdido dinero por su causa? El Vaticano no ha perdido un solo centavo, todo lo demás es fantasía".

Pese a las lamentaciones del papa y de las crisis doctrinales, la realidad es que las finanzas del Vaticano atravesaban dificultades que había que solucionar con rapidez. La Santa Sede necesitaba un nuevo banquero. El elegido para sustituir a Sindona fue, ni más ni menos, Roberto Calvi, presidente del Banco Ambrosiano. Se ha atribuido esta elección tanto al arzobispo Marcinkus como al propio Santo Padre. Fuera quien fuese el responsable no estuvo nada acertado. Si lo que se pretendía era alejarse de los negocios turbios y dar seguridad a las finanzas vaticanas, no podía haberse hecho peor elección.

Calvi no perdió la oportunidad de seguir los pasos de su antecesor y en poco tiempo ya estaba involucrando a la Iglesia en nuevos negocios comprometedores. El dinero volvía a fluir. Para comprender muchas de las confusas operaciones que Calvi llevó a cabo durante la década de los setenta, hay que tener en cuenta que el Banco Ambrosiano (llamado popularmente «el banco de los curas») y el IOR estaban estrechamente ligados. Muchas operaciones cruciales se realizaban de forma conjunta.

Como Sindona, Calvi pudo vulnerar las leyes repetidas veces gracias a la asistencia del IOR. Nada de lo que hacía podía ocurrir sin el conocimiento previo y la posterior aprobación de Marcinkus, que no parecía suficientemente escarmentado con lo sucedido con Sindona. Sobre la autonomía con que operaba Marcinkus respecto al papa contamos con el testimonio del propio Calvi: Marcinkus, que es un tipo rudo, nacido de padres pobres en un suburbio de Chicago, quería ejecutar la operación sin siquiera informar a su jefe. Estoy hablando del Papa.

Mientras, Sindona había llegado a Nueva York huyendo de la extradición y solicitando la protección de sus amigos del clan Gambino-Genovese. Aquí el apoyo a Sindona no estaba basado en la conveniencia, sino que existía verdadera veneración hacia un hombre que no sólo había demostrado una absoluta lealtad hacia ü familia, sino que la había enriquecido mucho más allá de sus expectativas.

También los amigos que tenía en la administración Nixon le ayudaron, recomendándole que acudiera a la prestigiosa firma de abogados Mudge, Rose, Guthrie & Alexander, de la que el propio Richard Nixon había sido socio.

Sindona hacía desesperados intentos por librarse de la extradición, recurriendo al chantaje y al soborno de sus antiguos amigos políticos de Italia. Su peor enemigo aquí era Giorgio Ambrosoli, abogado comisionado por las autoridades del Banco de Italia para investigar el caso Sindona. Ambrosoli tuvo que soportar numerosas amenazas contra su persona. De hecho, el abogado en Italia de Sindona, Rodolfo Guzzi, se encontraba en la oficina de Ambrosoli el día en que éste recibió una amenaza de muerte. Guzzi, que tuvo ocasión de escuchar la conversación, estaba tan conmocionado que llamó inmediatamente a su cliente para pedirle explicaciones.

AmbrosoliAmbrosoli temía por su vida, pero también se daba cuenta de que aquellas amenazas no hacían más que confirmarle que estaba en el buen camino, así que prosiguió con la investigación. Fue una época terrible. Cada vez que accionaba el contacto de su coche temía una explosión, cada vez que sonaba el teléfono o alguien llamaba a su puerta temía lo peor. Al final, ni siquiera podía conciliar el sueño, atormentado por pesadillas en las que los mafiosos asesinaban a su familia. Aun así no abandonó.

Sin embargo, cada día que transcurría el abogado avanzaba en su tarea de desenmascarar el imperio secreto de Sindona. En julio de 1979, éste envió a un asesino de la mafia desde Nueva York a Milán para que acabase con la vida del abogado.

Ambrosoli no fue el único que murió bajo las balas de los sicarios de la familia Gambino, que de esta forma rendía tributo a don Michele.

Graziano Verzotto era un alto cargo de la Democracia Cristiana del que los mafiosos desconfiaban debido a su ascendencia del norte de Italia. Bastó el rumor de que pensaba declarar sobre los sobornos que había recibido por parte de Sindona para que fuera tiroteado en Palermo. Al parecer, los Gambino tenían especial interés en silenciar a Verzotto, ya que ellos, los Inzerillo y los Spatola, podían verse incriminados por lo que pudiera declarar. Verzotto no sólo sabía de sobornos, sino que, en el caso de que le preguntasen por blanqueo de dinero y tráfico de heroína, seguramente también tendría mucho que explicar. El político sobrevivió al atentado, pero decidió ponerse a salvo estableciendo su residencia en Beirut.

Toda esta muestra de violencia no contribuyó a mejorar la situación de Sindona. Más bien al contrario. Su relación con la mafia quedó más patente que nunca. Muchos de sus antiguos aliados comenzaron a darle la espalda debido a la doble amenaza que suponían las autoridades por un lado y la mafia por el otro. En Estados Unidos algunos políticos también comenzaron a dejar de prestarle su apoyo.

Finalmente, en septiembre de 1976, las gestiones del gobierno italiano cristalizaron y Michele Sindona fue detenido en Estados Unidos.

Tras una breve estancia en prisión, Sindona recuperó la libertad después de pagar una fianza de tres millones de dólares. Los únicos que quedaban a su lado en aquel momento eran los Genovese, que organizaron, entre otros actos, cenas para recaudar dinero como asistencia legal de Sindona.

La legal no era la única asistencia que Sindona solicitó. Los Genovese estaban dispuestos a matar por don Michele, pero no en Estados Unidos, así que el financiero intentó contratar los ser vicios de un asesino a sueldo siciliano llamado Luigi Ronsisvalle para que acabase con la vida del fiscal de su causa. Ronsisvalle, que era un experto en los asuntos de la mafia, rechazó el ofrecimiento. El asesinato de un funcionario público en Estados Unidos, sin contar con la autorización ni el apoyo de las familias locales, no era un buen negocio, por generosa que fuese la paga.

En el terreno de lo estrictamente legal, Sindona contó con testigos de lujo declarando a su favor. El más notable fue Carmelo Spagnuolo, presidente de una de las salas del Tribunal Supremo italiano y miembro de P2. Spagnuolo declaró bajo juramento que las acusaciones a las que se enfrentaba Sindona en Italia eran fruto de una conspiración comunista. Se buscaba el desprestigio del financiero, «un gran protector de la clase trabajadora».

Aseguró que las personas encargadas de la investigación eran incompetentes o malintencionadas, y que, en cualquier caso, estaban manipulados por diversos intereses políticos. El magistrado no dudó en atacar a sus propios compañeros de judicatura, dando por sentado que muchos de ellos eran peligrosos extremistas prestos a la prevaricación. Como broche final de su declaración, compartió con los estadounidenses su temor de que Sindona fuera asesinado nada más pisar suelo italiano.

Licio Gelli también acudió a declarar en favor de Sindona. Para demostrar lo ridículo de las acusaciones contra su amigo se puso como ejemplo a sí mismo, afirmando que él había sido acusado de ser miembro de la CÍA, jefe de los escuadrones de la muerte argentinos, dirigente supremo de una organización fascista internacional y agente de los servicios secretos portugueses, griegos, chilenos y de la República Federal de Alemania.

En aquel cierre de filas en torno a Sindona faltaba un personaje esencial, su amigo y socio Roberto Caivi, que también tenía mucho que esconder; pero Calvi decidió alejarse de Sindona y pensar en su propia salvación. Ni siquiera contribuyó económicamente a la defensa de Sindona, menos por tacañería que por afán de no ligar su nombre con el del financiero. Aquella deslealtad le costaría cara. Sindona contactó con Luigi Cavallo, un experto en chantajes y campañas de difamación.

El 13 de noviembre de 1977, las calles de Milán amanecieron sembradas de octavillas en las que se acusaba a Calvi de evasión de capital, fraude contable, apropiación indebida y delitos fiscales. Se incluían los números de las cuentas secretas que Calvi tenía en Suiza y se daba toda clase de detalles respecto a diversas transacciones ilícitas. También se revelaba sus vínculos con la mafia.

 

Periódico que informa sobre la muerte de Calvi


El 24 de noviembre de 1977, Cavallo envió una carta al presidente del Banco de Italia, Paolo Baffi, en la que se reproducían todas y cada una de las acusaciones recogidas en los pasquines de Milán. La carta incluía, además, otra documentación, como fotocopias relacionadas con las cuentas suizas de Calvi y una velada amenaza de demandar al propio Banco de Italia por prevari cación y tráfico de influencias si no se abría una investigación contra Caivi y el banco que presidía, el Ambrosiano. Cavallo cometió un error. Escribió la carta sin contar con la autorización de Sindona, que lo último que deseaba era tener a las autoridades monetarias italianas investigando en los asuntos de sus antiguos socios. Calvi apareció ahorcado en un puente de Londres.

Además, se daba la circunstancia de que tanto Calvi como Baffi eran miembros de la P2, y aquellas disputas, sobre todo si incluían el aireamiento de trapos sucios, no favorecían a la logia. Licio Gelli se ofreció a mediar en el conflicto y consiguió que Calvi ingresara medio millón de dólares en la cuenta que Sindona mantenía en la Banca del Gottardo.

No obstante, en agosto de 1978 sucedería algo que iba a cambiar todo el panorama financiero vaticano. Pablo VI fallecía de un ataque al corazón en Castelgandolfo. Para sucederle fue elegido el cardenal Albino Luciani, aquel patriarca de Venecia que parecía no entender al arzobispo Marcinkus y su interés en mezclar los asuntos sagrados con los económicos. Había llegado el momento de limpiar la casa.

Juan Pablo I, dispuesto a poner las cartas boca arriba, moría en extrañas circunstancias el 28 de septiembre de 1978, unos dicen que de muerte natural, otros que no.

Sindona simuló un secuestro en 1979 durante 11 semanas para ponerse en contacto con sus viejas amistades y poder recuperar el dinero. Finalmente se entrega al FBI y es condenado a 25 años de cárcel el 27 de marzo de 1984.

Sindona muere en una cárcel de Voghera en 1986, envenenado, con una taza de café con cianuro.

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