| La caída de John Gotti |
| Escrito por El Consigliere | ||||
John Gotti asumió la jefatura de la familia Gambino sin ninguna oposición y ascendió de paso al Olimpo de la fama, algo que debía desear con la misma fuerza y para lo que también se había preparado. Durante semanas, su presencia en los medios fue constante. Aparecía sonriente, hablando como un gángster y moviéndose como un mafioso. Hasta los actores Anthony Quinn y Mickey Rourke declaraban a la prensa que el juicio contra Gotti era una farsa montada por el FBI. Tras años de persecución, los agentes federales consiguieron colocar un pequeño micrófono en el techo del comedor de la casa de una anciana donde Gotti se reunía con su lugarteniente 'Sammy el Toro'. Eso fue la perdición. Dudó de la lealtad de su hombre de confianza, que terminó confesando en el juicio todos los crímenes cometidos: «Gotti ladraba y yo mordía». Cambió el beso en la mano de sus capitanes y el saludo con reverencia de los otros capos por la fría cárcel. John Gotti se convirtió en una figura asidua de los medios de comunicación a principios de 1986, cuando sólo era un sospechoso en los crímenes de Castellano y Bilotti. Pero la avalancha de aquellos meses no fue sino el prólogo de lo que vendría después.El nuevo jefe del clan de los Gambino luchaba en los tribunales por asuntos de menor cuantía al tiempo que reforzaba su imagen pública a través de una prensa adicta a la que supuso su mejor aliada. Mientras, detrás de los focos consolidaba su poder. Lo que se encontraron los periodistas fue muy diferente a lo que los chicos listos les tenían acostumbrados. En sus escasas apariciones, los capos de la Cosa Nostra se mostraban esquivos, cuando no directamente groseros, brutales y malhumorados. En Gotti vieron otra cosa. Un hombre afable, ingenioso, que sabía cómo tratar con la prensa y hablar para los titulares. Veían su figura pulida, los dientes blanquísimos y los ojos alegres.Se dejaban seducir por su forzada elegancia, el abrigo de pelo de camello sobre trajes de firma y corbatas impecables, el Cadillac negro desde el que descendía cada día como un dios renovado.En pocas semanas, su figura saltó de las páginas de los sucesos y las portadas sensacionalistas a las columnas de sociedad y los reportajes de escritores reconocidos en periódicos de prestigio.La primera parte del plan funcionó de maravilla. En marzo de 1986, John Gotti y otros seis miembros de la familia Gambino fueron acusados por un tribunal federal de Nueva York de conspiración para el Un Cadillac plateado, seguido por una caravana de coches de lujo negros, apareció ante la casa familiar. De su interior salió el padrino con los brazos levantados, recibiendo las aclamaciones del público. Su hija Angela, llevando a su nieto Frank en brazos, abrió la puerta. Desde lo alto de la escalinata de entrada, el don volvió a saludar rodeado por el resto de su familia cercana y sus abogados. La gente había colgado cintas de color amarillo de las ramas de árboles. Un cálido mensaje de bienvenida para su protector convertido en estrella, que hacía casi un año que no pisaba aquella casa.
Pero también necesitaba hablar claro. Y más en el verano del 89, cuando el jefe de la zona de Philadelphia, Philip Leonetti se había ido de la lengua ante el FBI y había vuelto a implicar a Gotti en los crímenes del Sparks. Hasta entonces, las conversaciones con sus subordinados o los otros dons tenían lugar en el Ravenite Social Club, un local exclusivo para socios en el barrio de Little Italy donde sus cincuenta miembros podían hablar despreocupadamente. Gotti empezó a ir los lunes y los miércoles de cinco a siete. Los encuentros más furtivos, los intercambios de información delicada y los tratos que requerían palabras mayores los reservaba para una galería que comunicaba con el club por la parte de atrás.Pero ni siquiera eso era ahora suficiente, por lo que decidió alquilar por horas el apartamento a una viuda de edad, dos pisos más arriba, donde se sentía seguro. El don mandaba a uno de los suyos con un billete de cien dólares para que la simpática Nettie, la viuda, saliera de compras un par de horas y les dejara el campo libre. Los detectives que seguían los pasos de la Familia Gambino no tardaron en conocer las frecuentes subidas al segundo piso. Su jefe, George Gabriel, decidió que ese apartamento era el lugar ideal para poner un micrófono oculto. Ya que sus hombres se iban a arriesgar a penetrar en el edificio, mandó que también pusieran escuchas en la galería del club. Tras una rocambolesca entrada, los agentes consiguieron colocar un pequeño micro en el techo del comedor de la anciana, justo encima de la mesa. Al día siguiente, escucharon maravillados las voces de Gotti y su consejero Gravano. Marks Roberts, uno de los que escuchaban en un piso no muy lejos de allí, rompió la concentración de todos cuando exclamó sin poderlo remediar: «¡Es increíble! Están ahí arriba hablando de sus cosas tan tranquilos ¡Por fin!». Pero lo que los agentes pudieron escuchar no eran más que comentarios banales o intrascendentes. Durante semanas de seguimiento, lo más arriesgado que oyeron decir a Gotti en sus escasas visitas al apartamento fue que «un hombre que no juega o apuesta no merece vivir». En diciembre de 1990, tras la muerte misteriosa de Angelo Ruggiero, Gotti se reunió en el piso de Nettie con Frank LoCascio. En aquella ocasión, los términos fueron muy distintos. Gotti se refería a sí mismo como the boss (el jefe), a LoCascio como mi underboss (mi subjefe) y a Salvatore Gravano (Sammy el Toro) como mi consigliere (mi consejero). El don parecía de un humor errático, a veces sombrío, otras rabioso o exultante. En uno de los momentos en que se le escuchaba con voz alterada explicar que un padrino tenía el derecho y la obligación de tomar las decisiones más implacables y difíciles para la familia, estuvo cerca de admitir que él mismo había liquidado a Paul Castellano. «¿Quién va a atreverse conmigo ahora?», gritaba. «¿Quién creéis que tendrá cojones para desafiarme? ¿Qué van a hacer? ¿Dispararme como hice yo con el tipo ése? Me gustaría que lo intentara alguno, os lo juro, porque sé que le temblaría el pulso y no acertaría.Saben que luego me cargaría a su padre, a su puta madre y a todos sus hijos». Gotti recordaba cómo Castellano había negociado como un perdedor con la familia Genovese, dejando los asuntos más turbios y jugosos por una simple empresa constructora. La hora de conversación grabada fue casi un monólogo. De vez en cuando, se oía a LoCascio asentir con alguna interjección y apoyar efusivamente lo que decía el jefe. El padrino cambiaba de tema sin venir a cuento, profería a amenazas a diestro y siniestro, aseguraba que nunca lo cogerían. Al cabo de un rato, admitía que la cárcel podía ser inevitable: «Me importa tres cojones si me enchironan. Ya sé que no descansarán hasta que me vean en el talego. Pero pienso luchar con uñas y dientes hasta el final». La última media hora la dedicó a su consejero. Maldijo la ausencia del Toro Sammy y comenzó a criticarle. Que si ganaba un cuarto de millón de dólares cada mes a sus espaldas, que si entraba en negocios sin su permiso... «Yo le quiero, sabes, pero se me va de las manos y eso no está bien ¿tengo razón Frankie?». «La tienes, jefe». «De verdad, Frankie ¿estoy mintiendo?». «No, Johnny, no estás mintiendo».
Bruce Mouw, el jefe del FBI que había dirigido la campaña para pillar a Gotti, tenía ya lo que quería. A Gabriel, el jefe de los agentes, incluso le dio un abrazo, la primera vez que lo hacía. En otra de las cintas recogidas en el Ravenite Club, escena de vídeo incluidas, Gotti admitía haber ordenado la muerte de Louis Milito, un soldado de su familia, después de que Sammy Gravano le dijo que ponía en tela de juicio su liderazgo. Además, entre el murmullo de voces apagadas había suficiente material con el timbre inconfundible del don hablando de los métodos de la Cosa Nostra que había que conservar: obstrucción a la justicia, evasión de impuestos, sobornos a policías, jueces y fiscales, etc. Con su incontinencia habitual, John Gotti había empedrado su camino a la cárcel. El Don Teflón (por lo escurridizo), el Dapper Don (atildado), como lo llamaba la prensa, tenía las horas contadas.
Durante la instrucción, Gotti no dejó de maldecir, y hasta incriminar indirectamente en su detención a Salvatore Gravano, el fiel lugarteniente. Sammy trató de defenderse y llegó a decirle: «Mátame si se prueba que eso es cierto, pero al menos déjame defenderme». Tanta fue la fría condescendencia de Gotti, su desdén y los violentos ataques hacia la integridad de su consigliere como miembro del clan, que Salvatore Gravano, alias Sammy el Toro, se pasó al enemigo con todo su bagaje, que desde luego no era poco. Uno tras otro, fue relatando los crímenes en los que había participado a las órdenes de Gotti. Al final, agotado, abucheado y aplaudido por el público a partes iguales, exclamó como para sí: «Fui un soldado leal y el más entregado de los capitanes. Él ladraba y yo mordía». Tras el veredicto, el don de los Gambino no quiso declarar nada, su sonrisa había desaparecido. Frank LoCascio habló por él: «Soy culpable de ser amigo de John Gotti. Si hubiera más hombres como él en este mundo, tendríamos un país mucho mejor». Sus palabras resonaron en la sala como una premonición. El ambiente del juicio pasó de lo real al surrealismo en cuestión de minutos.Lo que empezó con manifestaciones vociferantes acabó en motín callejero durante el que miembros jóvenes del clan llegaron a volcar coches, entre ellos uno de la policía. La gente amenazaba con hacer saltar por los aires el tribunal y matar al juez. Hubo estallidos histéricos de madres llorosas, reapariciones de las estrellas que se habían dejado caer por allí y una llamativa representación del abogado defensor, que por fin enseñó los dientes y unas toscas maneras que cuadraban poco con su oficio. Por la sala volaban octavillas que decían «Sammy Gravano, rata mentirosa» mientras en la calle cientos de personas, llegadas de Queens en autobuses fletados por la familia, gritaban pidiendo la libertad del héroe cuando el pequeño pie del don pisó la acera. La policía tuvo que pedir cien agentes más y refuerzos antidisturbios para contener a los manifestantes. La caída del jefe de los Gambino fue más rápida aún que su ascenso. Antes de que el sol saliera de nuevo, estaba recluido en una celda de la prisión de Marion, en Illinois, la más severa del sistema federal y que Amnistía Internacional ha calificado de inhumana. Los oficiales de la judicatura no quisieron arriesgarse a que pasara la noche con sus compañeros en una celda neoyorkina. Esposado, lo condujeron directamente al aeropuerto y fue así como el hombre conocido por su miedo a volar hizo su último viaje en avión (al centro médico para presos de Springfield fue llevado en ambulancia). Con el tiempo, el cáncer acabó con cualquier expectativa de ver algún día libre a John. Era el 10 de junio de 2002. Jerry Capeci, su biógrafo, no duda en afirmar que «su atracción por las luces y las cámaras fue lo que le perdió. Se suponía que era el jefe de una sociedad secreta, pero disfrutaba demasiado con ser famoso». «De todas formas aunque fuera un capo cruel y malvado, también fue un gran gangster, un hombre de verdad». Marcar como favorito Bookmark
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luiscasado gotti
said:
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| hola si alguien sabe de donde puedo saca la pelicula el delator de la mafia que cuenta como gravano traiciona a gotti, bueno comienza comostrando cuando matan a castellano pero al final samy daba una entrevista :S pero no puedo encontrar esa pelicula ayuda por favor era genial | |
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La Mafia 
crimen, asesinato, juego ilegal, asalto a mano armada y secuestro. Todo el país siguió con atención los siete meses del juicio que tuvo uno de sus momentos más bizarros cuando se aseguró que una fiscal de la acusación ofreció sus bragas a un testigo de la defensa para atajar su lenguaje procaz, chantajearle o quién sabe si para retar su hombría.
La última media hora la dedicó a su consejero. Maldijo la ausencia del Toro Sammy y comenzó a criticarle. Que si ganaba un cuarto de millón de dólares cada mes a sus espaldas, que si entraba en negocios sin su permiso... «Yo le quiero, sabes, pero se me va de las manos y eso no está bien ¿tengo razón Frankie?». «La tienes, jefe». «De verdad, Frankie ¿estoy mintiendo?». «No, Johnny, no estás mintiendo».
La imagen brillante del capo empezó a difuminarse poco antes del día en que se leyó el veredicto, cuando el Daily News destapó dos historias: una decía que la sentencia de 1987 había sido amañada; la segunda era un anticipo de lo que iba a decir Sammy Gravano contra Gotti, incluida su presencia en los asesinatos de Sparks. Al contrario de lo que él había calculado, la prensa que tanto le mimó no fue al final su aliada, ciertamente.

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