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Desde 09/12/2007
La muerte de Paul Castellano
Escrito por El Consigliere   
Para escalar en la jerarquía mafiosa, John Gotti recurrió al método clásico de atacar la cúspide. Sin embargo, el matón implacable no organizó una guerra entre familias al estilo de otros padrinos célebres en décadas anteriores. Era más sutil. A pesar de su carácter violento, lo suyo no eran las acciones devastadoras. Fue directo y limpio, como un bisturí que busca la raíz del problema.Y el problema se llamaba Paul Castellano, jefe supremo la familia Gambino, al que también pertenecía Gotti.

Castellano era un mafioso poco usual. Acudía a las reuniones con otros mafiosos en lugares públicos, sin armas y exigía que nadie las llevara. Las pistolas y las palizas eran cosa de matones de segunda fila.

John GottiCon este espíritu confiado acudió el 16 de diciembre de 1985 al restaurante Sparks de Manhattan para reunirse con susPaul Castellano lugartenientes y tratar sobre el proceso que se seguía entonces contra él bajo la acusación de ser el organizador de una banda internacional de ladrones de coches. Castellano se presentaba como industrial carnicero y le gustaba ir a Sparks, un restaurante especializado en carne de vacuno de calidad que no le pagaba por su protección, porque apreciaba sus filetones. También porque de esa manera hacía gala de acudir libremente a un establecimiento que no estaba controlado por él y lanzaba el mensaje de que era hombre generoso y abierto.

El problema de los Gambino era que dentro de la familia había otra familia. Una familia dentro de otra más grande. Los métodos y objetivos se entremezclaban pero no las identidades. Cada una tenía la suya con un sello bien diferente. La facción de Castellano era más respetable, con hombres disfrazados de empresarios y aspecto de funcionarios. La rama Dellacroce tenía otra catadura. Apenas podía ocultar su pertenencia al negocio de las apuestas, el juego, la extorsión y el secuestro. Su aspecto no hubiera desentonado en las películas de la mafia. El lenguaje que utilizaban con desparpajo revelaba su condición.

Aunque el estilo de las dos ramas difería, en la familia reinó una relativa paz durante veinte años. Hasta la muerte de Dellacroce en diciembre de 1985. Acuciado por sus propios problemas, Castellano no acudió al funeral, lo que inevitablemente fue tomado como una afrenta por los adeptos a su antiguo lugarteniente y en especial por el protegido del difunto, el correoso y pendenciero Gotti. Poseído tal vez por su propia autoridad, el Papa no calibró bien los efectos de su omisión, algo grave y muy extraño en una persona que había demostrado no andar escasa de juicio.

El día 16 había receso en las sesiones del juicio. Castellano se levantó pronto en su mansión de Staten Island. Con 70 años, conservaba su halo de autoridad sutil que parecía pender de su poderosa nariz, curvada como el pico de un halcón. Dio un pequeño paseo por el jardín y luego se vistió pulcramente para una jornada marcada por varios encuentros. A mediodía tenía que reunirse con James Failla, uno de sus más leales capitanes, y John Riggi, jefe de la familia DeCavalcante que actuaba en Nueva Jersey y con el que mantenía contactos regulares de colaboración.

En su agenda había otra cita para una cena temprana en Sparks con varios de sus lugartenientes. Como el restaurante estaba en Manhattan, aprovecharía para visitar por sorpresa el despacho de su consejero en Madison Avenue y entregar en persona a sus secretarias los exquisitos regalos que les tenía preparados junto con sobres repletos de billetes verdes. Aquel día, como de costumbre, pidió que le acompañara al volante del señorial Lincoln Thomas Bilotti, el ayuda de cámara de los últimos años a quien había designado como sucesor suyo y segundo boss en lugar del fallecido Dellacroce.

El ascenso de Bilotti en lugar del protegido Gotti había causado nuevas e inevitables tensiones en la familia.

A sus 45 años John Gotti era el jefe indiscutible de su capodecine, una numerosa banda que operaba en Queens, el barrio más grande de la capital del crimen organizado. Durante años, el ambicioso matón se consideró el sucesor de Dellacroce, aunque su posición se vio debilitada por los cargos de tráfico de drogas que pesaban sobre algunos de sus más directos colaboradores y sobre él mismo.

Paul Castellano, tras la comida con el jefe de la familia de Jersey en un restaurante de la zona, se dirigió a Manhattan. En el cruce de la 23 con Madison, se apeó y fue a ver a su abogado que le recibió amablemente. Repartió sus regalos, deseó felices pascuas a todos y se despidió del abogado James LaRossa con un despreocupado «te veré mañana en el tribunal». Como aún quedaba una hora antes de la cita de las cinco, decidió comprar más frascos de perfume para las mujeres de sus capitanes. Pararon en la calle 43 Oeste. En aquella zona, como en casi todo Manhattan, estaba prohibido aparcar, pero Bilotti no se molestó en buscar un parking. Sacó de la guantera una tarjeta concedida por el Departamento de Policía de Nueva York a un sargento recientemente promocionado y la puso a la vista mientras entraban en la tienda. La treta no sirvió de nada pues el coche fue multado, pero ya se las arreglaría él para no pagarla, al jefe no le gustaba que se pagaran esas cosas.

Al otro lado de la isla de Manhattan, alrededor del cruce de la 46 con la Segunda Avenida había una docena de hombres distribuidos, aguardando ansiosamente la llegada del Papa. Unos esperaban en el interior de sus coches, otros paseaban arriba y abajo, encendiendo y apagando cigarros. A pesar del frío, tres más permanecían impertérritos en un banco de la placita que enlaza con la Tercera Avenida. «Guardaespaldas de los diplomáticos», pensó un testigo presencial, acostumbrado a ver merodear chóferes y escoltas del cercano edificio de Naciones Unidas. El hombre sentado en el centro del banco «demasiado bajo para ser escolta» pensó el testigo tenía el gesto duro, ojeras como tumbas abiertas y parecía tenso al igual que una cobra dispuesta a atacar.

A las 17.25 horas, el Lincoln negro enfilaba la esquina de la 46. Las luces mortecinas del atardecer apenas dejaban entrever el rostro de Bilotti y la cabellera cana, cubierta por un sombrero, del pasajero. Los asaltantes sabían que sus víctimas iban desarmadas así que se acercaron lentamente. A las 17.30 horas, el coche se detuvo frente a la puerta del Sparks Steak House. Cuando Paul Castellano abrió la puerta del vehículo y puso un pie en la acera, vio lo que se le venía encima. Sin delatarles la prisa o los nervios, dos hombres se acercaron con las manos en los bolsillos. Antes de que pudiera hacer nada, el respetable boss recibió seis balazos del calibre 38 y 32 en la parte superior de su cuerpo y cabeza. El otro hombre se encargó de Bilotti mientras intentaba salir por su lado. Aún los asesinos tuvieron tiempo de rematar con dos disparos de gracia a sus cándidas víctimas. El cuerpo del jefe de los Gambino quedó tendido entre el pavimento y el asiento del Lincoln. Mientras se alejaba, el hombre tenso como una cobra susurraba un mensaje a un walkie-talkie alertando a quienes habían vigilado, tranquilizándolos, sin duda, con un mensaje de alivio.

Todo había ido bien, salvo que el curioso testigo que contempló toda la escena había reconocido en los que acompañaban al más bajo, los rostros de James Failla y Frank DeCicco, según las fotos policiales que decoraban las paredes de las comisarías y saludaban de cuando en cuando desde las páginas de la prensa sensacionalista, con gesto patibulario. «Quienes quiera que fuesen», dijo finalmente a la policía, «abandonaron el lugar ignorando la histeria desatada y esfumándose en el anonimato tan pronto como se introdujeron en los coches que los esperaban».

El asesinato de un padrino de renombre en pleno Manhattan era algo grande, carne de titulares. Otros capos habían sido despachados a tiros en la ciudad pero ninguno en el Midtown, desde que en 1957 una lluvia de balazos acabó con la vida del predecesor de Carlo Gambino en la barbería de un hotel de lujo.

Richard Nicastro, un inspector ítaloamericano del distrito de Queens que conocía los entresijos de la Mafia, lo vio bien claro. «Gotti saldrá reforzado por encima de los demás capos», sentenció al día siguiente de los asesinatos. «Esa es la única razón de estas muertes».

John Gotti era ahora el jefe.
 
Paul Castellano Muerto
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