| Mi episodio favorito de Los Soprano |
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| Escrito por Jero |
| Lunes, 19 de Octubre de 2009 18:38 |
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Un seguidor de la web de Los Soprano y que tiene un blog llamado elabismotedevuelvelamirada.blogspot.com nos deleita con este texto que nos ha enviado en el que destaca un antes y un después en la serie. Espero que os guste.
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Resulta demasiado fácil hacer una crítica positiva de “Los Soprano”. Yo no soy precisamente un entendido en la materia, porque sólo he visto la serie una vez, este verano. Pero me parece obvio que se trata de una de las mejores series de televisión de todos los tiempos. ![]() En mi caso, más importante aún que el propio hecho de descubrir esas bondades que tan evidentes resultarán a ojos y oídos de todo el mundo, fue el momento exacto en que me percaté de que “Los Soprano” se había convertido en mi serie favorita. Supongo que muchos otros seguidores de las tropelías de Tony, Silvio, Paulie y compañía no tendrían una epifanía en un momento concreto, sino que al ir viendo la serie (semana a semana o, en el caso del DVD o las descargas digitales, al ritmo que cada uno tuviera a bien seguir) se irían progresivamente dando cuenta de que esos cincuenta y tantos minutos de “Los Soprano” eran uno de los mejores momentos de la semana o del día. Yo, por el contrario, descubrí que “Los Soprano” era una absoluta obra maestra tras ver un episodio en particular: “Empleado del mes”. Se trata del cuarto capítulo de la tercera temporada. Hasta entonces, “Los Soprano” estaba siendo, desde luego, una serie fabulosa. Tenía todo lo que un servidor busca cuando se planta ante una obra audiovisual: una gran dirección, unas interpretaciones sublimes, un argumento y unos diálogos fascinantes y adictivos y una selección musical inmejorable. Pero, por alguna razón, todavía no estaba a la altura, dentro de mi ranking particular, de otras series de televisión tan destacadas como “Six feet under” o “The wire” (curiosamente, ambas también de la HBO). Entonces, ¿por qué “Empleado del mes” supuso un punto de inflexión? (A continuación voy a soltar unos cuantos spoilers de peso: si no has visto este capítulo de “Los Soprano” no sólo te convendría dejar de leer esto por tu propio bien, sino que deberías dejar de hacer cualquier otra cosa y lanzarte ipso facto a tu reproductor de vídeo para ver todos los capítulos que aún tienes pendientes de “Los Soprano”; algún día me lo agradecerás) Prosigamos: “Empleado del mes” es un episodio centrado en el personaje de Jennifer Melfi, la psicoanalista a la que Tony Soprano acude regularmente para desahogarse y conseguir superar así su tendencia hacia la depresión y los ataques de ansiedad. La Dra. Melfi siempre ha mantenido una extraña relación con nuestro capo favorito: cuando no se siente atraída (de una forma algo primitiva y no estrictamente sexual) por su figura de macho alfa, padece cierto temor a ser atacada por su paciente en uno de sus habituales estallidos de cólera. Es por ello que Jennifer duda de si debe o no seguir tratando a Tony. Sin embargo, esa relación da un giro inesperado cuando Jennifer es salvajemente atacada y violada por un desconocido en las escaleras de un parking desierto. Tras la brutal escena (narrada de forma contundente y traumática por el director del episodio, John Patterson), el agresor huye y la Dra. Melfi queda en estado de shock.
Es entonces, al descubrir la Dra. Melfi la identidad y ubicación de su agresor, cuando una idea (nada descabellada, dadas las circunstancias) asalta sus pensamientos y su hasta entonces férreo sistema de valores: Jennifer sabe que Tony Soprano siente debilidad por ella y, por consiguiente, tiene la seguridad de que si le cuenta lo que ha vivido en las últimas semanas, las horas de César Rossi (así se llama el malnacido violador) estarán contadas. Y fue en ese preciso momento del episodio, querido/a lector/a, que yo me di cuenta de que amaba esta serie como pocas veces he amado un programa de televisión, una película, un libro o un tebeo. La tensión psicológica en un magnífico crescendo desde la violación; la sobresaliente interpretación de Lorraine Bracco como la Dra. Melfi; las infinitas sutilezas en cada mirada que Tony y su terapeuta se lanzan durante la sesión posterior a la agresión; la terrible duda que no sólo asalta a nuestra zarandeada protagonista sino a cada uno de nosotros, cuestionados en lo más hondo de nuestra ética personal... todo ello me transportó a una suerte de doloroso (por el drama de los personajes) séptimo cielo catódico, uno de esos escasos momentos en que me apetece dar las gracias a la vida por haber nacido en esta sociedad y en este momento histórico concreto que me han permitido disfrutar de una de las mejores producciones que jamás se han realizado para televisión. Y fue también en la decisión final de la Dra. Melfi, en ese rotundo primer plano de Lorraine Bracco mirando cara a cara al espectador, que se rubricó mi infinita admiración y absoluta pleitesía a la obra maestra de David Chase. A partir de ese episodio ya tuve la certeza, día tras día, capítulo tras capítulo, de que estaba disfrutando de la que a la larga sería, sin ningún género de dudas, mi serie de televisión favorita. Marcar como favorito Bookmark
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laura
said:
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| Última actualización el Domingo, 06 de Marzo de 2011 01:16 |

























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